miércoles, 2 de septiembre de 2015

La abuela Irene - para Stella


Desde hace unos días, después de leer un artículo sobre aquello que heredamos de nuestras abuelas maternas, he pensado mucho en mi abuela Irene, madre de mi madre. Rescatando del polvoriento archivo de mi memoria los recuerdos que guardo de ella y a partir de esas imágenes, que, a pesar de los años, aún siguen intactas, voy a intentar trazar, con pincelazos lo menos torpes posible, un retrato de Irene Bianciotti. Lo dedico a mi querida prima Stella, quien, si bien no la conoció mucho, recuerda con cierta emoción los riquísimos helados de crema que le preparaba la abuela.   


La abuela Irene nació hace ciento trece años, el 10 de septiembre de 1902, en un pueblito de la Provincia de Santa Fe que se llama Bauer y Sigel. Fue la hija mayor de los inmigrantes piamonteses Michele Bianciotti, oriundo de Bricherasio, y Maria Rosa Montarsino, nativa de Scalenghe. Contrariamente al mandato de la tradición, según el cual su nombre de pila hubiera debido ser el de su abuela paterna, la bautizaron con el nombre de su abuela materna, Irene Oggiante. A Irene le siguieron nueve hermanos más: Jacinta, Francisca, María Magdalena, Catalina, Agustina, Antonio, Miguel, Victoria, Asunta, Corona y Lucrecia.  

Si bien recuerdo a mi abuela Irene desde mi más tierna infancia, voy a comenzar por lo que ella me contó un día, cuando yo tendría unos catorce o quince años. Por entonces, mis padres, mi hermana Nelly y yo vivíamos, desde hacía ya varios años, en San Francisco. Varias veces al año, llegaban a casa la abuela Irene y su esposo Bartolo(mé) Alanda, ya sea en visita exclusiva dedicada a nosotros, ya sea de paso -la mayoría de las veces- dirigiéndose a Devoto, Freyre y otros pueblos situados al norte de San Francisco, donde vivían los padres y hermanos de Irene. Aquel día, ya estaba la mesa del comedor preparada para el almuerzo pero por no sé por qué razón los demás todavía no habían llegado, y la abuela Irene y yo éramos los únicos que ya estábamos sentados a la mesa. Fue en ese momento cuando, con muchas ganas de conversar y sin que yo le preguntara nada, quizá por querer justificar todas las compras que había hecho en las tiendas del centro durante toda la mañana, me dijo: Quand che mi i son na, me pare e mia mare a l'ero pòver, mi i son mai andaita a scòla përché i dovía giuteje a monze, i dovía dcò giuté mia mare a goerné i pì cit...* Fue la primera vez -y quizá la última- que mi abuela Irene me habló en piamontés. Siempre que hablaba con sus nietos, lo hacía en castellano o mejor dicho, en algo que pretendía serlo sin lograrlo, ya que todo lo que decía era una mezcla de palabras españolas, piamontesas y muchas otras de categoría intermedia, que sólo nosotros entendíamos. No sucedía lo mismo cuando la conversación se daba entre mayores: la lengua era rigurosamente el piamontés. Me imagino que aquella vez, hablando conmigo, había recurrido al idioma de sus padres porque su relato se refería a su infancia, en la que sólo había oído hablar en piamontés, que en definitiva era su lengua materna. 

Desde mis más antiguos recuerdos, la imagen de la abuela Irene se me presenta como la de una mujer con grandes altibajos. Sus estados anímicos no eran momentáneos sino que duraban dos o tres meses, pasando de la euforia a la depresión. A mí, como también les pasaría a mi hermana y a mis primos, no me resultaba fácil comprender el porqué de tan profunda tristeza, que muchas veces la sumía en un encierro total en sí misma y en su habitación. Todos debían hablar en voz baja porque a la pobre nona Irene le molestaban terriblemente las voces y los ruidos. Pasados esos períodos borrascosos, la abuela renacía de sus cenizas y la alegría, las ganas de vivir se apoderaban de ella... Eran meses en los que no permanecía mucho en casa. Si las ocupaciones del abuelo se lo permitían, la acompañaba, y si no, Irene partía sola. Iba a visitar a su hija Mariquita a Montevideo, donde pasaba varias semanas. A su regreso, nos contaba las maravillas de la vida en la Banda Oriental, donde las frutas y las verduras eran mucho más ricas que acá, donde la gente salía a pasear y a tomar aire fresco por la Rambla, donde además Irene no tenía que dedicarse a cocinar ya que el marido de su hija tenía un hermoso restaurante, al que iba a comer gente hermosa y elegante. Tal era su euforia que ni siquiera la afectaba el bamboleo del vapor de la Carrera (que cubría el trayecto de Buenos Aires a Montevideo y viceversa), que más de una vez la tenía a maltraer.

Otras veces, Irene partía en tren para Salta, donde la esperaba su querido hijo Segundo. No sé si el clima norteño no le sentaba o quizá fuera por la comida picante, lo cierto es que sus estadas en Salta no se prolongaban tanto como las de Montevideo. Sin embargo, al regresar, nos contaba de las caretas tiradas de buros y muchas otras cosas insólitas con las que uno se encontraba por esos lugares lejanos y que Irene nunca había visto en su Pampa natal.

Además de los largos viajes a Montevideo y a Salta, recuerdo nítidamente una escena que se repetía dos o más veces al año, cuando la abuela Irene y el abuelo Bartolo hacían un alto de uno o dos días en San Francisco, en un viaje que, como decía antes, los llevaba hasta Devoto, Freyre, La Paquita, Colonia Anita. Alli vivían sus padres y hermanas. Esas horas pasadas en San Francisco no sólo servían para descansar en medio del viaje sino principalmente para que Irene fuera de compras a las tiendas del centro. De allí volvían ambos cargados de paquetes y cajas. Ma varda, varda, Irene, tut lòn ch'it l'as catà*, le decía el abuelo, que a esa altura del partido ya había perdido la cuenta del dinero que había gastado. Irene había comprado infinidad de cosas para regalar a sus hermanas y sobrinos: cortes de telas de todos los colores y gustos, medias, fajas, pañuelos de bolsillo y de cabeza, cintas, cadenitas, aritos, medallas, rosarios, comestibles, bebidas y muchos regalos más, porque, ahora que me acuerdo, también compraba cosas que dejaba en casa y las recogía al volver de su peregrinación para llevarlas a San Martín de las Escobas, donde también había otros hijos y nietos a quienes llevar algún recuerdito del viaje... Al leer lo que estoy contando, pensarán ustedes que Irene era una compradora compulsiva. A lo mejor era efectivamente una consumista con décadas de anticipación, pero puedo asegurar que todo aquel tráfico de bolsas, bolsitas, paquetes y botellas que Irene llevaba de un lado para otro no era sino lo que le dictaban hacer su gran generosidad y el amor por los suyos, sentimientos que no habían cambiado en absoluto al casarse con alguien más acomodado que la familia en la que había nacido.

Entre los bártulos que aguardaban en casa el regreso de Irene, había también una damajuana de vidrio con protector de mimbre que se llenaba con agua de San Francisco, ya que para ella ésta era mucho mejor que la de San Martín de las Escobas, que le caía tan mal...

Una gran alegría de viajar y compartir con sus seres queridos, por un lado, y una inconmensurable tristeza, por el otro, marcaban las estaciones del año de la abuela Irene y a través de ella, inevitablemente, también del abuelo Bartolo, quien mucho cuidó de ella y veló por su salud, sin escatimar esfuerzos ni sacrificios ni viajes en busca de algún tratamiento médico que estabilizara la por momentos atormentada alma de su mujer.

Última imagen, marzo de 1983: Irene descansa plácidamente en un sillón, en la galería de su casa, acariciada por los rayos del sol otoñal, con un diario en las manos que no acabó de leer. Había emprendido un largo viaje sin retorno... seguramente porque todavía le quedaban muchas cosas que llevar de regalo a sus hermanas y sobrinos. 

La abuela Irene y su hija Mariquita


esp.: cuando nací mis padres eran pobres, nunca fui a la escuela porque tenía que ayudar a mis padres a ordeñar, también tenía que ayudar a mi mamá a cuidar a los más chicos...
esp.: fijate, fijate, Irene, no podrías haber comprado más cosas.

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